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Narraciones. Algunos párrafos, cuyo origen se encuentra en lecturas, música, pinturas, fotografías y películas. En momentos y personas. Su interpretación, como todo, se encuentra sujeta a la subjetividad del lector.

E

El café y el cigarrillo encienden tus adentros. Ambos incineran las palabras que estaban atascadas en tu garganta; palabras que perecen antes de ser pronunciadas. Un aborto de ideas inconclusas en forma de humo y aliento. Incompletas, tal vez por su fatalidad natural al pertenecer a un hombre que habla poco.

Hablas; lo suficiente como para no olvidar cómo hacerlo. Lo suficiente como para ser entendido, pero eso parece no bastar. Las personas siguen sin comprender lo que intentas decir y se alejan, por tedio o frustración.

Las palabras que articulas nacen ya mudas. Tu voz no alcanza a llegar a nadie y si lo hace no se logra quedar. Intentas escribir, pero hacerlo duele. Cada frase pesa, cada memoria empieza a parecer ficción. Momentos de basura sin sentido que se distorsionan por el efecto del tiempo sobre materia caduca. El cigarrillo y tú se consumen, una bocanada a la vez. Solos, exhalando vida y humo en el rincón más alejado de un café extraño.

Recorres el lugar con cansados ojos buscando instantes que puedas usar. Un hombre sentado un par de mesas delante de ti escribe en su teléfono, su rostro no refleja expresión alguna. Un grupo de estudiantes ríe estrepitosamente. En la barra una pareja se besa con ardor. Dos mujeres acaban de entrar tomadas de la mano y se sientan una frente a la otra en la mesa más próxima a la ventana.

La hoja sigue en blanco cuando enciendes el segundo cigarrillo. El mesero llega con tu café, sonríe, lo ignoras y se aleja. El hombre ha dejado de usar su teléfono, toma sus cosas y se va. La pareja continúa con su intermitente demostración de afecto. El grupo ha perdido energía, ahora emite débiles murmullos. Tomas un sorbo de tu café, notas que pequeñas gotas caen sobre tu pantalón

El par de chicas no ha tocado lo que pidieron, no hablan, solo se miran. Se miran fijamente, como si la persona  que está delante pudiera desaparecer si se la pierde de vista por un minuto. Esa imagen te gusta, aunque ajena, te llena de alegría. Has encontrado el momento, ahora debes pensar en las palabras.

Estudias la escena que tienes en frente, pero al hacerlo piensas en lo maravilloso que debe ser para ellas que la viven de forma inmediata. Te recuerdan la manera en que mirabas a Elena cuando apenas la conociste, cuando el intrigante enigma embellecedor la envolvía. Decides no escribir, prefieres que ese instante se mantenga etéreo, intimo, sin que un tercero lo estropee.

Terminas el café y apagas lo que resta del cigarrillo, pagas y sales del lugar. Piensas en los pedazos de ti que vas dejando en el pavimento, en el par de chicas que se han quedado en el café del que te alejas. Tu teléfono suena, es Emma. Esta noche no dormirás solo y mañana será otro día. Otro día.

***

Persona

Su silueta se transfigura, se mezcla con los reflejos de otras personas, con las formas y las luces de afuera. Recuerdas un fragmento de “País de Nieve”, en el que un hombre contempla el reflejo de una mujer en la ventana de su vagón, algo parecido a lo que te sucede. La ves lejana, pero la ves y eso es suficiente. Al tomar distancia puedes observar, examinar con mayor detenimiento, así mantienes el enigma. De cierta forma la desconocida ya no lo es tanto. Ahora un pequeño fragmento de tu memoria le pertenece, así ella no lo sepa, y te pertenece a ti.

Afuera ves autos alineados. Procesión de luz y metal hacia el resto de la noche. Adentro te sientes sofocado, ves personas apiladas unas junto a otras, ya sea paradas o en sus asientos. Te preguntas qué piensan mientras desperdician parte de su día junto a ti en ese pedazo de metal. ¿Piensan en ello? ¿Lo harán mientras fijan su mirada a las pantallas de sus teléfonos? ¿Lo hacen al dirigirla hacia la ventana? Ya no la puedes ver, tus pensamientos se abandonan a tu eterna melancolía y tus ojos a la ciudad, el escenario en el que tú y los demás actúan.

En la oscuridad incierta de tu apartamento te das cuenta que la noche ha consumido a tu sombra, y es ahí cuando más solo te sientes; algo incompleto. Ahora esperas impaciente a que el día sea el que consuma la noche para recuperar aquello que has perdido. Das vueltas en la cama, exhausto, pero sin poder llegar a un acuerdo con el sueño. El ladrido de un perro excita a otros, y esos aullidos no ayudan. Pasan los minutos, el ruido para, el silencio que esperabas llega al fin, y con él llega también el recuerdo de la mujer a la que le pertenecen tus sueños.

Desde hace un par de semanas has padecido la punzada de un deseo indecible. Tu cuerpo arde y tu mente  trata, inútilmente, de sosegar esa sensación. Pero tu pasión se hace cada vez más irreprimible cuando la ves, o si la tienes cerca. Piensas en ella, deseas poseer su cuerpo, y que ella se haga también con el tuyo. Quieres sentir el sabor de su aliento, el calor de su desnudez y el abrazo de su flor. Imaginas a los cuerpos en dulce enfrentamiento, uno parte del otro en breve vínculo carnal, disfrutando del placer humano de perderse en otro ser, el de la conquista temporal sobre la soledad.

***

05:00

Soy una sombra. Soy un cigarrillo de color negro. Soy pies que caminan la noche. Soy piel que iluminan las luces nocturnas. Soy el extraño que pasa junto a otro extraño. Soy un par de ojos que observan y examinan. Soy la idea por la que no duermo o como. Soy la idea por la que camino solo junto a mi sombra mientras el tiempo me devora. Soy un celular que nunca suena. Soy el poco dinero en mis bolsillos. Soy un café. Soy otro cigarrillo. Soy otro extraño. Soy The Cure, Evans y Mahler. Soy los pasos que doy, y los que no doy. Soy melancolía. Soy gotas saladas. Soy humo. Soy carne que se mueve. Soy sangre, hueso y agua.  Soy aire y más humo. Soy la pausa entre caladas. Soy soledad y tranquilidad. Soy soledad y violencia. Soy la ciudad reflejada en mis anteojos, y la ciudad en mi cabeza. Soy el reflejo en la ventana de un bar.

Soy pasado en el presente. Soy el tiempo que tengo.  Soy el tiempo que se me escapa de las manos. Soy el tiempo que mato. Soy el tiempo de otros. Soy las caricias de la lluvia. Soy la voz del viento. Soy una hoja en blanco. Soy una palabra que se hace oración y luego párrafo. Soy esta página. Soy todas las páginas anteriores y las que vendrán.

Soy el licor en mis venas. Soy turbación. Soy ruido y multitud extraña. Soy soledad, cigarrillos y más licor barato. Soy una mujer que baila. Soy su cuerpo embriagante. Soy mi piel tocando la suya. Soy mi deseo y su deseo. Soy murmullos dulces al oído. Soy mi erección y su humedad. Soy pasión borracha. Soy su sexo que estrecha el mío. Soy sudor y semen. Soy “él” perdido en “ella”. Soy silencio.

Soy soledad una vez más. Soy luz pálida y el frio de las cinco. Soy pies que siguen caminando. Soy calles vacías, en domingo por la mañana. Soy hojas secas. Soy polvo, basura y mierda. Soy el último cigarrillo. Soy palabra sobre papel.

Soy mujer. Soy hombre.  Soy la idea que creo tener de mí. Soy la idea que es el reflejo de la voluntad de otros. Soy todo lo que hay pues todo es una idea. Soy una idea que algún día dejará de ser. Soy una idea que existe, una idea que vive.

***

Cuando escribo

Letras forman palabras, las palabras oraciones, y éstas se convierten en párrafos.Párrafos que luego borro porque no me gustan.

De nuevo.Más palabras, más párrafos. Pero cada vez hay menos páginas.

Eso hago. Escribir y borrar. Y escribir y borrar una ves más. Pero las palabras apropiadas me rehuyen.Entonces, pienso en ella. Y escribo.

Sigo escribiendo, y las páginas se acumulan.  Escribo hasta que creo haber sangrado lo suficiente.Y así espero que este paroxismo termine. Así, quiero emanciparme de toda idea, imagen y sonido, que me la recuerden.

Pero aún siento dolor. Aún pienso en ella. En su cuerpo lejano, en sus labios y en sus ojos distantes.Sé que no sentiré esa piel. Sé que no besaré esa boca. Sé que esa mirada me pasará por alto.

Yo escribo, sangro palabras. Para que la idea de ella me abandone mientras lo hago.Pero página tras página, esa idea crece en mí. Ocupa mi mente y domina mi corazón.

En el papel los colores se hacen más brillantes. El cuerpo más liviano. La vida menos aburrida.Afuera yo sigo escribiendo. Gris, algo lugubre.

Ella ignora que hago esto. Ignora el efecto que tiene sobre mí.Ignora que en sus manos frías está mi corazón. Y que mi alma, cautiva en sus ojos, anhela ser vista.

***

YELLOW

Y la vi. La vi a través de unas delgadas cortinas amarillas. Estaba casi desnuda, vestía unos shorts ceñidos y un pequeño velo negro que no le llegaba al ombligo. Bellísima, con su larga cabellera negra, su delgada figura y piel pálida, casi traslucida; como una aparición. Jugaba con unas pequeñas flores de color violeta, mientras caminaba de un lado para otro en su habitación. Al verla así se me apareció como un pequeño gato que juguetea con las flores que encuentra en un jardín recién descubierto.

Yo estaba sentado en un pequeño mueble junto a la ventana de mi cuarto. Leía uno de los capítulos de “El libro de un hombre solo” de Gao Xingjian. Cuando leo, en ese lugar, hago pequeñas pausas entre capítulos, a veces entre algunos párrafos, y miro por la ventana, hacia el cielo. Ese día las nubes grises le daban a la ciudad una tonalidad opaca que me fascina. Escuchaba a Liszt, sus Lieder completaban la imagen del momento que guardaba en mi cabeza.

Ella dejó las flores en un vaso largo que había llenado con agua. Abrió las cortinas y  lo dejó en el filo de su ventana. La distancia que la separa de mía consiste en solo un par de metros, por lo que pude ver su rostro con claridad. Sus labios rosados fueron los primeros que vi, luego un pequeño lunar justo a un lado de su nariz. Su imagen me cautivó, ya no pude quitarle los ojos de encima. Me distraje y el libro que sostenía cayó al piso de madera, produciendo un sonido sordo. Lo recogí y me volví hacia la ventana. Ella me miraba.

Sus ojos cafés me examinaban. Se había escondido al notar mi presencia, agachándose, protegiendo su cuerpo de mis ojos con la pared inferior de la ventana como escudo. Solo dejaba ver su rostro, aprehendido de sorpresa, y sus manos, con las que se sostenía. Me paralicé al notar que su atención se dirigía a mí.

Solo pude ofrecerle una sonrisa. Ella me respondió con la suya.

En ese pedazo de tiempo – bajo el cielo gris, con esa luz y esa música – las flores, Xingjian, ella, yo y nuestras sonrisas, hacíamos parte de la misma escena.

***

Tsume

I – Gato

Un gato gris oscuro se pasea sobre los muros que rodean las casas de estilo occidental que se erigen en la zona suburbana de Kobe; ciudad portuaria, capital de la prefectura de Hyogo. Ya no queda rastro de los estragos de la guerra; ni un edificio en ruinas, ni una huella de caos. El pequeño gato atraviesa, así, muchos muros similares; ahora todas las casas son de estilo occidental, resultado de la ocupación americana de finales de los 40’s, tal vez. Después de la derrota sufrida en la segunda guerra mundial Japón se convirtió en una extensión de américa y de occidente en general. Se podría decir que el proceso de occidentalización que se venía dando desde principios de siglo tomó mucha más fuerza después de experimentar  la amargura del fracaso en  1945.

El gato continúa su paseo bajo un cielo que augura lluvia, imponente y gris, mucho más que el mismo felino. Camina sin prisa, observando lo que le rodea. Ahora ha llegado al centro de la ciudad, deambula por las calles atestadas de personas, todas similares, todas moviéndose con celeridad; entran y salen de enormes edificios, hablan entre ellos sin escucharse, se ignoran  e ignoran lo que los circunda. Se mueven por las aceras y calles, en enormes y homogéneas masas informes. Apuran el paso sin rumbo en una ciudad que se mueve junto con ellos. El ambiente es pesado e insoportable, por lo que el gato da media vuelta y regresa sobre sus pasos.

En su camino de regreso el gato ve a un niño caminando, parecido en forma a los que observó en el centro de la ciudad, pero aun así diferente, caminaba sin afán alguno, meditabundo. Parecía estar contemplando cada paso que daba, esto le parece curioso, por lo que decide seguirlo. Sigilosamente el gato acompaña al niño durante los minutos de trayecto que le toma a éste último llegar a, lo que el gato supone, su casa. Es una edificación común, el gato trepa un árbol cercano y desde este salta hacia el otro lado de la verja que la rodea. Llega a un pequeño jardín en el que encuentra unas cuantas flores, nada especial, piensa que es muy parecido a los otros jardines que ha visitado. Se acerca hacia la parte trasera de la casa, donde hay una puerta corrediza, más o menos grande, de cristal. En su interior no observa nada fuera de lo común. El niño está sentado a la mesa junto con los que parecen ser sus padres. La escena le parece aburrida por lo que se acurruca bajo unos matorrales cercanos a la puerta.

Varias horas pasan, el gato despierta y estira su cuerpo para relajarse, sale de los matorrales y se encuentra al niño frente a él. Está sentado cerca a la puerta, contemplando la luna. Se acerca a él y lo saluda. El niño baja la mirada y responde el saludo. Es el primer humano que le responde, eso le emociona; había intentado, mucho antes, dirigirse a un humano, pero ninguno había contestado. Se aproxima un poco más y se posa sobre sus piernas. Le pregunta cómo se llama y éste le responde “Haruki”, le cuenta que su nombre significa Árbol de Primavera, y que tiene 13 años. A su vez Haruki le pregunta a él por su nombre. Eso lo desconcierta, no sabe que responder, nunca ha pensado en ello. Le explica su situación y Haruki decide llamarlo Tsume, cosa que no le molesta.

Sentados, uno sobre  las piernas del otro, hablan por un largo rato, Tsume le cuenta sobre su paseo, le explica a Haruki lo que observó, y como su especial forma de caminar le llamó la atención. Haruki por su parte le explica que después del colegio, camino a casa, pensaba en que el ser hijo único lo hacía anormal. Todos su compañeros de la escuela tenían al menos un hermano o hermana, y se había percatado de que todas las familias vecinas estaban conformadas por padre, madre y, por lo menos, dos hijos. Que esto le llevó a pensar que el hecho de no tener hermanos era similar a sufrir de una malformación. Tsume le dice que no debería preocuparse de ello, ya que puede que eso sea lo que lo hace especial, y diferente de los demás niños que ha visto. Haruki le dice que puede que no sea lo único que lo hace diferente. Le cuenta acerca de su primera memoria. Cuando tenía tres años de edad  logró llegar hasta un arroyo, cercano a la entrada de su casa, y cayó en él, fue arrastrado por la corriente que lo conducía hacia un túnel oscuro, y antes de que la oscuridad lo tragara, su madre lo sujetó, sacándolo del agua. Esto, le explica Haruki, puede que sea la razón por la que es atraído hacia la oscuridad, hacia las profundidades de todo lo que ve, escucha, y siente. La razón por la que puede que sobre-analice las cosas que le ocurren. Después de hablar por varios minutos, Haruki le explica que debe ir a dormir. Tsume se retira de sus piernas y se despide, sin antes pedirle que se encuentren de nuevo al día siguiente al anochecer. Con una sonrisa Haruki acepta y entra a su casa. Tsume atraviesa el jardín y encuentra una pequeña reja por la que puede salir y entrar a la casa con facilidad, la atraviesa y emprende de nuevo una caminata, quiere explorar un poco más el lugar en el que ha encontrado a un humano tan interesante.

II – Girasol

Tsume y Haruki se encuentran regularmente; siempre en el mismo sitio y siempre al anochecer. Las charlas que sostienen son cada vez más prolongadas, y Tsume está ciertamente fascinado con la visión que el niño tiene acerca de lo que conoce. En una de las noches en que se encuentran, Haruki lo invita a su cuarto. Desde que se conocen es la primera vez que entra a la casa. Tsume atraviesa la puerta de cristal que, hasta ese momento, se le aparecía como una especie de linde; un portal de misterio. Cruza la puerta y lentamente, con cautela, se dirige a hacia unas escaleras que se encuentran al final de la habitación junto a una puerta, que al parecer da al pasillo principal. Sube los escalones de madera y camina hacia la última habitación.

A través de sus almohadillas siente la suave textura del piso alfombrado al entrar, y a través de su pequeña nariz recoge diversos aromas, que van desde un suave olor a incienso, pasando por rastros de lo que, probablemente, es el tipo de sustancia que la madre del niño usa para limpiar, un fuerte aroma a café, llegando finalmente a lo que tsume distingue como el aroma de Haruki; es muy suave, casi imperceptible. En ese momento recuerda la primera vez que olisqueó un girasol y la suave esencia que mana de la flor sin olor, una presencia única e inefable. Comparar el aroma de Haruki con el de un girasol le parece exagerado pero, como el de la flor, le resulta interesante, diferente, advierte algo especial, no entiende bien por qué pero lo entusiasma; el olor humano en general le desagrada, encuentra en él rastros de suciedad, falsedad e irracionalidad.

Haruki enciende un pequeño radio de transistores en el que ya estaba localizada una frecuencia que transmitía Jazz. Suena “Spartacus Love Theme” de Bill Evans, el chico se recuesta en posición decúbito lateral, a todo lo largo de la cama. La luz de la luna penetra a través de la ventana sin cortinas que da al jardín que acaban de abandonar. Tsume está sentado sobre el escritorio de Haruki, ahí encuentra un dulce y se lo come; es amargo, le gusta. Desde donde está advierte que el chico aún acostado, pero ahora de cara al techo, eleva las manos y las mueve al compás del piano. Haruki  le dice que desde hace algún tiempo se siente atraído hacia la luz que emana de la luna, y de la sensación gélida que le cala hasta los huesos. Le explica que siente como las partículas de luz lo atraviesan, que levanta los brazos y los mueve de esa forma esperando, algún día, atraparlas. Ahora se escucha “Fly me to the moon”; la voz de Nat King Cole  llena la habitación. El niño le explica a Tsume que le gusta mucho la música jazz, el Rock ‘n’ Roll y la música clásica, que se pasa días enteros escuchando lo que transmiten las estaciones radiales que su pequeño aparato puede sintonizar.

Después de un rato Tsume le pregunta a Haruki acerca de lo que siente cuando escucha música, y si eso que experimenta es una de las razones por las que lo hace tan seguido. El niño le dice que siente como si  perteneciera a un plano más elevado de la existencia, con respecto al de los que le rodean, sobre todo cuando escucha música clásica. Le gusta imaginarse cómo las ondas musicales viajan a través del aire y el siente como éste vibra a su alrededor, y cómo finalmente llega a sus oídos, todo aquello en cuestión de milisegundos. Tsume intenta hacerlo, imaginar ese fenómeno, cierra sus ojos y dirige sus puntiagudas orejas hacia el radio, y aguzando el oído intenta visualizar eso que Haruki acaba de explicar. Se concentra en el sonido de trompeta, ahora escuchan Blue in Green de Miles Davis, pero le es difícil imaginarse todo lo descrito por el niño. Se queda quieto por largo rato, es paciente, debe serlo si quiere comprender a ese humano tan interesante que ha conocido. Pasan unos minutos y Tsume empieza a ver, en su mente, una imagen vaga de lo que cree es el fenómeno de transmisión del sonido, pero la imagen se interrumpe abruptamente cuando que el saxo de Coltrane da inicio a “My favorite Things”.

Haruki se incorpora de la cama, y dirige su mirada a un desconcertado Tsume que ha perdido la concentración y debe iniciar el procedimiento mental una vez más. El pequeño gato nota que el niño lo examina con atención. Haruki se acerca a Tsume y alarga su brazo hacia él, sus dedos se encuentran con el suave pelo que lo cubre y empiezan a acariciar el lomo del gato. A Tsume le agrada la sensación cálida que los dedos de Haruki le transmiten al rozar con su piel, es una sensación nueva ya que nunca había dejado que un humano se le acercara hasta el punto de tocarlo. Siente que puede confiar en él, no sabe muy bien el por qué, pero el tacto de los dedos del niño causan ese efecto. El niño lo acaricia unos minutos y le dice que se siente cansado, y que debe ir a dormir ya que el día siguiente es de escuela. Tsume le dice que vendrá a visitarlo en unos días, ya que hay algo que debe hacer. El pequeño gato está sentado en el escritorio mientras observa como Haruki se rinde, poco a poco, ante Morfeo. Al cerciorarse de que está dormido Tsume abandona el lugar y atraviesa la pequeña reja de la parte posterior del jardín; debe encontrar un girasol.

III – Acercamiento

Con los años Tsume y Haruki son cada vez más cercanos y comparten más horas juntos. Él, ahora, joven se convierte en alguien, a simple vista, corriente. Hace deporte muy seguido; correr y nadar es lo que más le gusta, y esto hace que su musculatura se afirme. Hay ocasiones en la que Tsume ha encontrado al joven frente a un espejo detallando su cuerpo con minuciosidad. En la escuela no se la pasa solo, pero no exterioriza lo que siente y piensa con facilidad; lo oculta detrás de sus ojos. Se puede decir que no tiene amigos, o mejor aún, que no ha encontrado personas que cumplan con la definición que él tiene para esa palabra. Por esto, él pasa tanto tiempo con el gato. El pequeño felino es su amigo; sólo él lo entiende. Aunque ahora parece que Haruki se acerca al mundo y a su vez el mundo se acerca a él. O eso es lo que piensa.

A Haruki le va bien en la escuela, no es un niño prodigio, pero es inteligente y reflexivo.  Estudia con entusiasmo lo que le gusta, y no le importa cuánto tiempo le tome, en tanto le parezca interesante. Siempre se comporta de forma muy formal, incluso cuando está con Tsume. Sus padres son dos maestros de literatura japonesa. Razón por la que Tsume se sorprende cuando Haruki expresa su interés en escritores occidentales; en su mayoría americanos, como Chandler, Carver y Fitzgerald. “El Gran Gatsby” es una de sus novelas favoritas; la historia es fabulosa, y considera extremadamente bella la forma en que Fitzgerald muestra a Daisy y, sobre todo, la sutil belleza con la que presenta y describe a Jordan; y su relación con Nick, por más corta que sea. También lee a Hermann Hesse, Thomas Mann y a D.H. Lawrence.

Haruki empieza a tomar caminatas diarias en las tardes, casi al anochecer. Paseos que Tsume disfruta a su lado. El gato y el joven caminan pausadamente, sin hablar. Atraviesan las calles bajo luces amarillas. Bajo un firmamento de oscuridad infinita. Estas excursiones nocturnas parecen tener un efecto renovador en Haruki. En casa el joven se siente agobiado y aburrido. No es que odie su hogar, porque no lo hace; el problema es otro, pero no sabe cuál es. Mientras Haruki camina por la calle, Tsume lo hace sobre las pequeñas paredes que dividen y diferencian las casas de esa zona residencial.  Esto se repite a diario, o por lo menos cuando Haruki no tiene muchos trabajos, o cuando los termina rápido.

A medida que crece, Haruki empieza a sentir atracción hacia las chicas de su escuela. Aunque es puramente sexual, o eso cree el joven, se encuentra con una chica que lo hace considerar el hecho de que puede estar enamorado. Para el joven el amor es un sentimiento extraño pero cercano. Cree que lo ha experimentado, y que ha surgido en la forma de un gato que lo acompaña a diario, un sentimiento fraternal. Entiende el amor como una emoción que se desarrolla a través de conexiones con otros; de lazos y experiencias compartidas que los crean y amplifican.

Por otro lado, para Tsume, el amor, la amistad, pasión y demás, son nociones completamente desconocidas. Simplonas exteriorizaciones dereacciones químicas que se desarrollan en el cerebro de los seres que identifica como humanos. Mientras que estos se mueven por estos sentimientos; avanzan, luchan, hasta son capaces de morir por ellos; el gato lo hace por curiosidad, por la transmisión de información y el razonamiento, eso es lo que mantiene al felino cerca de Haruki, ya que él también se mueve por curiosidad. Tsume sabe que el día en que el joven pierda el olor a girasol y sea invadido por el hedor del sudor y los excrementos, será el que su interés por él desaparecerá.

El pequeño gato y Haruki salen a caminar como de costumbre. Después de unos cuantos minutos el joven habla con Tsume, es la primera vez que lo hace en medio de uno de sus paseos, empieza exponiendo lo que siente por esa chica que conoce, y de la que habían hablado con anterioridad. Al parecer Haruki está convencido de que es amor. El gato solo escucha. El chico continua con su intervención acerca de su atracción. Tsume se empieza a sentir incomodo al lado de Haruki. El joven está cambiando, y el pequeño gato no puede, aún, determinar si lo está haciendo para bien o para mal; así él no sepa exactamente qué es lo bueno y lo malo, y solo deje a su intuición decidirlo. Después de esa caminata, una especialmente larga, el gato deja de acompañar a Haruki, y sus visitas empiezan a ser más esporádicas. Tsume deja de visitar al joven. Haruki ahora sale con su novia, su nombre es Izumi.

IV – Gato II

Tsume no sabe cuándo nació, ni donde aprendió todo lo que sabe, solo intuye que debe mantenerse en movimiento. Observa sigilosamente, analiza y juzga lo que ve; se basa en los conceptos que conoce para interpretar eso que advierte. Después de dejar Haruki el gato abandona Kobe, se dirige a Kioto, ahí explora las edificaciones antiguas, se maravilla con la belleza de algunos de los logros humanos que valen la pena le agrada el hecho de saber que es la única gran urbe japonesa que no fue bombardeada por Estados Unidos durante la última gran guerra. Recuerda que Haruki mencionó alguna vez que esa era la ciudad en la que había nacido, y que luego sus padres, junto con él, se trasladaron a Nishinomiya y luego a Ashiya, pequeñas ciudades ubicadas entre Osaka y Kobe, para terminar instalándose en la última.

Pasa varios años en esa ciudad. La encuentra interesante y diferente. El aire, comparado con el de otros lugares que ha visitado, no está enrarecido. Luego se traslada a Tokio, más que por gusto, por intuición, se siente atraído por esa ciudad, pero no entiende el motivo, tampoco le interesa, por lo que, sin chistar, llega al lugar. El mismo día en que llega a la ciudad empieza a con su examinación del ambiente y de los seres que lo componen. Es muy diferente a Kioto. Tiene una apariencia más “moderna”, en términos humanos. A él le parece una ciudad sin nada de especial. No le gusta, es aún más caótica que Kobe. Parece que mientras más grandes son las ciudades, mientras más modernas son y más humanos viven en ellas, éstos se transforman, irónicamente, en seres menos civilizados.

Pasa varios días explorando, y uno de ellos encuentra un lugar que le parece interesante. Parece un bar, se llama “Peter Cat”. Reconoce la música que sale del local, es jazz. Recuerda la noche en que Haruki lo llevó por primera vez  a su cuarto; de su memoria resurgen los hechos vividos tantos años atrás, la alfombra, el dulce amargo y la luz de la luna atravesándolo a él y al niño. Recuerda el olor a girasol. Ya adentro se empieza a sentir incomodo, hay muchos animales hablando, ya ha visto lugares así, centros de ocio en los que humanos se reúnen a evadir la monotonía de su cotidianidad. Nada de lo que se hace en ese lugar le impresiona, por lo que decide salir.

Sale del local y ve que llueve con fuerza. Le agrada la forma en que el agua que cae del cielo ahuyenta a casi todos los humanos, así sus exploraciones son mucho más llevaderas. Se aleja de “Peter Cat”, y se queda en medio de la acera mirando fijamente hacia la fuente de esas gotas que golpean la superficie del mundo viciado de los humanos. Se percata de la presencia de un hombre al que la lluvia no ha espantado. Está caminando hacia el pequeño gato, lleva un abrigo delgado y un paraguas en la mano izquierda. Se detiene frente a Tsume y lo saluda. El felino reconoce en el hombre un tenue olor a girasol.

V – Despedida

Haruki camina bajo la lluvia sin decir una sola palabra, con el paraguas en una mano y a Tsume en la otra, pegado a su pecho húmedo por la lluvia. Tsume permanece callado. Llegan a una casa de un barrio cercano al de “Peter Cat”. Entran, el hombre deja al gato en el suelo, deja el paraguas a un lado de la puerta y se quita el abrigo. Avanza por el corredor principal y Tsume lo sigue a una habitación que parece un estudio. Haruki toma un Lp de un gabinete de madera en el que también tiene una tornamesa, pone a reproducir el disco. Es el “From Left to Right” de Bill Evans. El gato está sentado en una mesa frente al sillón en el que Haruki se sienta, se observan detenidamente en silencio. En el fondo suena “What Are You Doing the Rest of Your Life?”, el primer corte del disco.

El ahora hombre empieza a hablar como si nunca hubiesen estado separados. Le cuenta que estudió teatro y literatura en una universidad privada de Tokio. Le dice que abandonó Kobe tan pronto se graduó de la secundaria. Tsume advierte una gran cantidad de libros y discos en la pequeña habitación en la que se encuentran. Haruki le explica que uno de sus primeros trabajos, durante la universidad, fue en una tienda de discos y que eso le hizo tomar aprecio por una gran variedad de música. Ahora suena “Why Did I Choose You?”. El tema de conversación pasa ahora “Peter Cat”, el bar le pertenece, lleva manejándolo por varios años, pero ya está aburrido. La vida junto a su esposa Yoko es buena, pero cree que se está tornando en algo muy monótono, algo muy corriente, y que esto lo ha llevado en reconsiderar muchos aspectos de su vida. Tsume percibe que el olor a girasol aumenta, parece que la lluvia lo había aplacado cuando se encontraron en la calle. Hablan de todo lo que han vivido mientras han estado separados, sin hacer mención del mismo hecho, las canciones pasan y Haruki cambia los discos; ahora pone a reproducir la segunda sonata para piano de Rachmaninoff. El gato vuelve a sentirse interesado hacia Haruki. Se percata que ha crecido, que ha adquirido conocimiento y experiencia. Por primera vez el felino empieza a sentir algo que, desde lo que conoce, podría identificar como cariño. Pasan varias horas en las que hablan, acompañados por los Beatles, Can, Chopin y Coltrane.

La conversación llega al punto en que no queda nada más que decir, en el que seguir hablando sería una pérdida de tiempo y energía. Con el “Winterreise” de Schubert de fondo Haruki y Tsume vuelven al silencio inicial. Haruki se levanta del sillón, se sienta frente a un escritorio sobre el que hay muchos libros, bolígrafos y una máquina de escribir con papel en ella. Empieza a escribir varias líneas, que se convierten en párrafos, que van llenando páginas completas. Tsume que está sentado en la misma mesa, se incorpora y camina hacia la parte posterior de la casa, atraviesa una puerta corrediza de vidrio que da a un pequeño jardín; ya no llueve. Rodea la casa y sale por una de las aberturas de la reja principal. Camina lentamente a través de las calles bajo el cielo de un color gris, mucho más oscuro que el mismo felino. Llega al centro de la ciudad, atestado de humanos  que se mueven con prisa, y se pierde entre la multitud.

Tsume y Haruki no se vuelven a ver, ya no es necesario.

***