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El café y el cigarrillo encienden tus adentros. Ambos incineran las palabras que estaban atascadas en tu garganta; palabras que perecen antes de ser pronunciadas. Un aborto de ideas inconclusas en forma de humo y aliento. Incompletas, tal vez por su fatalidad natural al pertenecer a un hombre que habla poco.

Hablas; lo suficiente como para no olvidar cómo hacerlo. Lo suficiente como para ser entendido, pero eso parece no bastar. Las personas siguen sin comprender lo que intentas decir y se alejan, por tedio o frustración.

Las palabras que articulas nacen ya mudas. Tu voz no alcanza a llegar a nadie y si lo hace no se logra quedar. Intentas escribir, pero hacerlo duele. Cada frase pesa, cada memoria empieza a parecer ficción. Momentos de basura sin sentido que se distorsionan por el efecto del tiempo sobre materia caduca. El cigarrillo y tú se consumen, una bocanada a la vez. Solos, exhalando vida y humo en el rincón más alejado de un café extraño.

Recorres el lugar con cansados ojos buscando instantes que puedas usar. Un hombre sentado un par de mesas delante de ti escribe en su teléfono, su rostro no refleja expresión alguna. Un grupo de estudiantes ríe estrepitosamente. En la barra una pareja se besa con ardor. Dos mujeres acaban de entrar tomadas de la mano y se sientan una frente a la otra en la mesa más próxima a la ventana.

La hoja sigue en blanco cuando enciendes el segundo cigarrillo. El mesero llega con tu café, sonríe, lo ignoras y se aleja. El hombre ha dejado de usar su teléfono, toma sus cosas y se va. La pareja continúa con su intermitente demostración de afecto. El grupo ha perdido energía, ahora emite débiles murmullos. Tomas un sorbo de tu café, notas que pequeñas gotas caen sobre tu pantalón

El par de chicas no ha tocado lo que pidieron, no hablan, solo se miran. Se miran fijamente, como si la persona  que está delante pudiera desaparecer si se la pierde de vista por un minuto. Esa imagen te gusta, aunque ajena, te llena de alegría. Has encontrado el momento, ahora debes pensar en las palabras.

Estudias la escena que tienes en frente, pero al hacerlo piensas en lo maravilloso que debe ser para ellas que la viven de forma inmediata. Te recuerdan la manera en que mirabas a Elena cuando apenas la conociste, cuando el intrigante enigma embellecedor la envolvía. Decides no escribir, prefieres que ese instante se mantenga etéreo, intimo, sin que un tercero lo estropee.

Terminas el café y apagas lo que resta del cigarrillo, pagas y sales del lugar. Piensas en los pedazos de ti que vas dejando en el pavimento, en el par de chicas que se han quedado en el café del que te alejas. Tu teléfono suena, es Emma. Esta noche no dormirás solo y mañana será otro día. Otro día.

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